El reto ruandés

Ruanda ha sido desde 1990 símbolo del terror y la barbarie que acompañan al odio étnico. Pero en este pequeño país centroafricano intervienen muchos elementos de conflicto de los cuales la confrontación étnica ha sido, desgraciadamente, el más visible. Los intereses políticos y económicos de la élites hutus y tutsis ruandesas han jugado un papel importante en la potenciación del odio étnico. Pero los intereses geoestratégicos y económicos de las potencias estrangeras -Francia, Estados Unidos,...- así como los intereses de los países vecinos (Uganda, Burundi, etc) son relevantes para explicar cómo se desarrolla el conflicto.

Si bien no se puede dudar de la existencia de problemas entre tribus pertenecientes a diferentes étnias antes de la colonización, es a partir de ella que se evidencia un cambio cualitativo: la desigualdad étnica se institucionaliza. Según Naciones Unidas, 'la política belga de acentuar la división social entre los grupos étnicos de Ruanda permitió que elementos de la casta tutsi se apoderasen de todos los cargos de autoridad de la organización del país'. A finales de la década de los 50, la mayoría hutu, apoyada por la iglesia católica, comenzará a mostrar síntomas de descontento. La lucha por el control del poder político, económico y social entre las élites hutus y tutsis comenzará a partir de los 60 y tendrá como principal víctima a la sociedad civil ruandesa.

El último presidente ruandés hutu, Juvenal Habyarimana (1974-1994), implantó con apoyo francés un régimen político que propició tanto el mantenimiento de la desigualdad social -con una mayoría de población rural empobrecida alejada del poder político a través de la represión militar- y el apartheid étnico, como la permanencia en el poder de una minoría (akazu) ligada al presidente a través de redes clientelares.

Foto:ACNUR

Entre 1990 y 1994 la guerra entre el Frente Patriótico Ruandés (tutsis exiliados en Uganda, Kenia, etc) y el gobierno de Habyarimana acabará con la vida de centenares de miles de personas y millones se verán obligadas a refugiarse en los países vecinos. La situación humanitaria se agravará y se convertirá en casi insostenible a partir de abril de 1994 cuando se produce el genocidio.

La magnitud del genocidio se puede explicar según muchas claves. Entre ellas, la acción de los medios de comunicación y de los canales informales. Tanto Radio Televisión Mil Colinas, controlada por extremistas hutus, como el entramado social ruandés -asimilable al feudal, en el que 'la base' obedece a 'los de arriba'- incitaron al odio étnico y al exterminio tutsi. También influyeron la distribución de armas entre las milicias hutus (interahamwe,...), la impunidad con la que actuaban los agresores, etc.

En 1994, el FPR llega al poder. El nuevo gobierno es reconocido y apoyado por los Estados Unidos. Y Comienza la reconstucción del país. En lo económico, era necesario asegurar la supervivencia de la población. Ello se logró, en gran medida, con la ayuda humanitaria pero ésta ha ido desapareciendo. Pocas ONGs trabajan en la zona -principalmente en proyectos agro-pecuarios- y parte de las ayudas internacionales son desviadas por el gobierno para la financiación de las guerras de Kivu (República Democrática del Congo) y Burundi. Oficialmente, la guerra en Kivu (contra los interahamwe) obedece a la necesidad de Ruanda de mantener a salvo sus fronteras. Pero el interés ruandés se centra en el control de los recursos naturales (oro, diamantes,...) existentes en la zona.

En lo político, el gobierno -dominado por los militares- ha tratado de conservar una imagen de conciliación étnica poniendo a un hutu a la cabeza del gobierno. Pero el control político, organizado por el indiscutible hombre fuerte de Ruanda el general Kagame, está basado en la étnia y en la represión. Las autoridades con capacidad de decisión real son tutsis. Además, el paso del tiempo ha evidenciado la existencia de disensiones internas que enfrentan por el monopolio del poder (y de los recursos derivados de él) a los diferentes grupos que forman el FPR.

La guerra y el genocidio han dejado una profunda secuela en la población. Las matanzas indiscriminadas han dejado tras de sí muertos, desaparecidos, mujeres violadas, locos, huérfanos, y, en general, comunidades desmembradas, desesperanzadas y con poca capacidad de liderazgo. La población que vive en el campo, mayoritariamente hutu, pobre y analfabeta, está sujeta a unas condiciones de vida muy difíciles (debido al bajo rendimiento de la tierra) y al control militar que ejercen los guardas de la comunidad. A ello hay que añadir el retorno de los refugiados -que reclaman sus propiedades- y que agrava la situación de sobreexplotación del campo. A estos problemas hay que añadir la dificultad de reorganizar las redes comunitarias. Esta labor se encuentra ante obstáculos como la existencia de fuertes sentimientos de venganza y odio en la población, miedo a la represión o la incentivación gubernamental de organizaciones monoétnicas (tutsis). Ruanda tiene ante sí un difícil reto: reconstruirse a sí misma. En en ello debe participar toda la población, sin exclusiones, sin apartheid, sin autoritarismos.

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